Cuando emigra un ser humano, emigra la vida. Emigra la cultura, la identidad, las tradiciones. Y todo lo que en un momento fue nuestro confort se convierte en ausencia y es la a oranza que en la di spora quema, como lava candente en el alma de los que se convirtieron a la fuerza, en extranjeros. Es el caso de los inmigrantes indocumentados, obligados a salir del terru o amado. Como si fuera poco tener que irse, as , de esa forma tan cruel; el camino que hay que transitar es un desaf o a la muerte; insondables heridas quedan para siempre en las emociones de quienes logran sobrevivir la traves a de las fronteras donde han quedado tantas vidas. Destierro, es un sollozo, es el dolor de la di spora, de la ausencia. La incertidumbre de deambular en un suelo que es ajeno, donde no somos bienvenidos, donde nos explotan. Donde no existimos. Destierro, es nombrar a los ausentes y a los desaparecidos. Y es abrazar de nuevo a los que se fueron y a los que se quedaron, en un reencuentro fugaz que solo sucede cuando el trastorno le da alas a la nostalgia; para llorar de melancol a en el desarraigo y en la lejan a, en el eterno vaiv n.